Carta del Gran Maestre

La intensa actividad que despliega la masonería argentina nos ha llevado como ya es costumbre a diferentes puntos del país. En las últimas dos semanas hemos estado en las ciudades de Córdoba, Río Tercero, Villa María, Mendoza y San Juan mientras preparamos el XIII Congreso Nacional del Simbolismo que se desarrollará del 4 al 6 de noviembre en Salta. En esa oportunidad, las deliberaciones serán sobre “Educación y laicismo” organizadas en cuatro comisiones de trabajo: “Educación, laicismo e inclusión social. Una educación de calidad para todos”, “Educación 2.0”, “Valores aula” y “Medio ambiente y educación”.

Expresamos nuestra alegría porque a pocas horas de lanzada la convocatoria, el Congreso ya cuenta con inscriptos y la promesa de ponencias y trabajos de alta calidad.

En este año celebramos el bicentenario del nacimiento de nuestro hermano Domingo Faustino Sarmiento, Gran Maestre de la Masonería Argentina, impulsor decidido de la educación y el laicismo. No es casual, entonces, que organicemos este Congreso en el que ponemos especial énfasis sobre la educación laica, uno de los grandes logros que se concretó a través de la Ley 1.420 y se reafirmó con la Reforma Universitaria que desde Córdoba y Buenos Aires se extendió a América Latina.

Es la educación laica el centro de nuestras preocupaciones. Resulta obvio que la pobreza, el desamparo, la inseguridad y la inflación encabezan los temas de la agenda social de los argentinos, pero más allá de imprescindibles soluciones coyunturales, la base esencial de las soluciones a esos y otros flagelos radica en la educación y en la cultura del trabajo.

Comentaba recientemente uno de los más reconocidos expertos en seguridad vial que debe diferenciarse entre una campaña y una política educativa. Sostenía con acierto que una campaña es una acción que produce efectos a corto plazo y dentro de su extensión en el tiempo, pero una política educativa sostenida abona el necesario cambio cultural e instala pautas nuevas que perfeccionan las mujeres y los hombres de las generaciones sucesivas.

Una más adecuada distribución de la riqueza, ajena obviamente al clientelismo y a otras acciones que lesionan la dignidad humana, abre nuevas posibilidades para la creación de fuentes de trabajo y el desarrollo de las calidades individuales, acota y disminuye el ingreso al mundo del delito y la droga.

Esa acción distributiva solo puede generarse si previamente se trazan las bases y acciones educativas que las contengan, que muestren en especial a pobres y desamparados que es posible una vida mejor y que el esfuerzo obtiene recompensa. La inversión estatal en educación ha crecido mucho en los últimos años, pero sus beneficios no resultan palpables porque se priorizan las cuestiones instrumentales por encima del lanzamiento de una verdadera educación gratuita y laica de alta calidad, extendida a la mayoría de los niños y los jóvenes que se educan en nuestras escuelas y colegios. Se realizan grandes esfuerzos para sacar a los chicos de la calle y los inminentes peligros que genera una situación de esa naturaleza, pero en muchos casos la prioridad educativa se traslada desde las aulas a los comedores.

Es la educación, entonces, la máxima prioridad, aunque sin descuidar el estado de emergencia que viven millones de compatriotas sumidos en la pobreza y la indigencia. Una cosa no obsta a la otra, mientras se ayuda a paliar el día a día nada impide que se trace y organice la educación para las próximas décadas. Es, sin duda, la primera política de Estado alrededor de la cual seguramente coincidiremos la gran mayoría de los argentinos.

Reciba mi saludo cordial y fraterno

Ángel Jorge Clavero

Gran Maestre